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2 de abril de 2009

El último adiós al Radical


Algunas personas llevan banderas argentinas, otras las insignias radicales; unas levantan carteles con la consigna RA y todas, al unísono, cantan Alfonsín, Alfonsín. Pero toda esa gente no está esperando a las puertas de un colegio para entrar a votar, ni son las internas radicales ni estamos en el año 1983.


Esa multitud se forma frente al Congreso para darle el último adiós a Raúl Alfonsín, quien fue el primer presidente electo por el voto popular luego de la dictadura que tuvo lugar entre 1976 y 1982, y quien ayer fallecía producto de un cáncer de pulmón, a los 82 años.


La gente aguarda silenciosamente. Nadie está solo, ni siquiera el que fue solo. Todos han encontrado alguien con quien hablar. Están aquellos viejos radicales de cepa, que lloran con lágrimas tímidas, los que se afiliaron en 1982, los jóvenes de Franja Morada, los curiosos, los que lo conocieron, los que no y los que sienten que ese momento, al igual que Alfonsín, marcará la historia argentina, y por lo tanto no se lo quieren perder.


El operativo policial se dispuso de la siguiente manera: el grueso de la gente aguarda sobre Callao, una cuadra antes del Congreso; desde allí, un vallado arma un pasillo que la gente recorre lentamente hasta las grandes puertas de hierro del Congreso.


Una chica, de aproximadamente 16 años, atraviesa la multitud con su uniforme de colegio. Dice no tener ni idea de lo que está pasando. Es más, se queja porque llega tarde al colegio debido a todas las calles cortadas.


A pocos metros, dirigentes peronistas entran por una de las puertas laterales del Congreso. Fueron a darle el último adiós a Alfonsín y los periodistas se les abalanzan. Todos repiten: “Venimos a despedir a un amigo, no a un rival”. Y explican que esto trasciende la política.


Un aplauso vuelve a sonar desde el seno de la multitud y rápidamente se propaga. Todos levantan la cabeza para ver, pero no hay nada que ver. Es solo una muestra más de afecto, de dolor y de necesidad. Son las ganas de hacer ruido para que todos sepan que se recuerda a un ex presidente, odiado por algunos, amado por otros; a una persona que ya no está en la tierra, pero que quedó en la historia.

15 de agosto de 2008

¡Un clásico! ¡Abran fuego!

Un clásico es aquella obra que todo el mundo lee, comenta y señala como imprescindible. Es un texto que si uno no lee va a ser puesto en advertencia con frases como: “¿Cómo que no lo leíste?” o “No podés no haberlo leído”.
Quiero ser un poco más claro sobre este tema. Un clásico es aquella obra que Hollywood lleva al cine, la hace interpretar por Robert De Niro y gana doce Óscar; que TNT repite el viernes, sábado y domingo; y que Telefé pasa los días que le quiere ganar en el rating a canal 13.
Los clásicos, una vez que lo son, cuentan con la gran ventaja de convertir su título o el nombre de su autor en sinónimo de cultura. Si yo dijera en una reunión que leí a Dostoievsky, todos me mirarían y tildarían de culto. Pero nadie me preguntaría ni por la trama ni por los personajes. Quizás por el título. Pero sólo con escuchar al autor se sorprenderían y, claro, no admitirían si lo leyeron, porque no se animan a emitir un juicio sobre un autor tan escuchado. Y, en caso de no haberlo leído, no dirían nada para no tener que escuchar frases como: “¿Cómo que no lo leíste?”.
Hay clásicos que cuando unos los lee se pregunta: “¿Por qué es un clásico? Si la trama es aburrida, no entiendo el lenguaje, es denso y, encima, tiene quinientas páginas”.
Por lo tanto, no hay que sentirse mal cuando se descubre que falta leer un “clásico”. Ya que hacerlo puede significar perder tiempo de leer algo que nos interese, más allá de ser un clásico o no.

31 de julio de 2008

¿Por qué estudio periodismo?

Porque quiero escribir para un diario. Lo que me paguen lo voy a ir ahorrando y cuando tenga lo suficiente me voy a comprar una guitarra eléctrica, un pedal de distorsión y un amplificador. Voy a renunciar al diario y a formar una banda de rock. Vamos a tocar en bares y en clubes para hacernos lo más conocidos posible. Una vez que tengamos suficiente reconocimiento y experiencia arriba del escenario, y luego de grabar nuestro primer disco y llegar a convertirlo en disco de oro, nos vamos a embarcar en una gira por los Estados Unidos. En un pequeño pueblo cerca de Texas disolveremos el grupo y prometeremos reunirnos en diez años. Para volver venderé la guitarra. De regreso, en una escala en México, conoceré a un muchacho simpático y emprendedor, quien me ofrecerá participar en un negocio de indumentaria. Venderemos solamente remeras con dibujos psicodélicos hechos por nosotros. Diseñadores de todo el mundo nos felicitarán por la iniciativa y seremos copiados por todos ellos. En un viaje a Japón para introducir la marca al mercado asiático, un funcionario del gobierno nos pedirá que demos una clase sobre liderazgo en una universidad del sur. Allí me encontraré con una compañía de circo que saldrá de gira por Europa. Luego de unirme a ellos como presentador, iremos a recorrer las ciudades más perdidas del viejo continente. En Suecia, Portugal y Luxemburgo nos aplaudirán, pero en París encontraremos el fracaso y tendremos que separarnos. Dos de los treinta ex miembros de la compañía me invitarán a compartir un pequeño departamento en Toulouse. Trabajaré vendiendo libros en una feria de artesanos y ellos harán viejos trucos en un paseo céntrico. En los ratos libres escribiré cuentos y fragmentos de lo que será mi novela. Un martes por la tarde, una clienta argentina me coqueteará y me alejará de Francia para regresar a Sudamérica. Ya de regreso, terminaré de escribir mi novela y, tras varios intentos fallidos, lograré que la publiquen. Para mi sorpresa, la crítica la aceptará con los brazos abiertos. Me llamarán de un diario para hacerme una nota. Y a cambio les diré que quiero escribir para ellos.

30 de julio de 2008

La Selva del Libro

Llegaste a la Feria del Libro y, tras una breve recorrida, te llevaste por delante una curiosidad tras otra. Libros ausentes, visitantes torpes y un autor alocado pudiste encontrar con sólo afilar la vista.

Caminaste entre los pasillos atestados de gente y te encontraste con el stand de la librería El Aleph. Decidiste entrar y preguntar sobre los precios de los libros de Borges, pero para tu sorpresa no tenían ni uno. “¿El Aleph querés? No, de eso no tenemos nada”, te respondió el vendedor. Asombrado, seguiste tu paseo entre la muchedumbre y entraste en el stand de la editorial Dunken, que presumía con cinco estanterías dedicadas a la poesía. Te acercaste nuevamente al mostrador y le preguntaste al empleado: “¿Qué tenés de Neruda?”. Ensimismado, te miró, dudó y contestó: “Nada, a ver… nada”.

Seguiste caminando, giraste a la izquierda. No, por ahí ya fuiste. Volviste hacia atrás y te topaste con el imponente y azul stand de Editorial Planeta. Allí, Gonzalo Otálora, un muchacho de 31 años, con anteojos, remera de los Rolling Stone, rasgos extraños y autor de ¡FEO!, firma su obra –si es que alguien la lleva-, o la de otros autores. Con un megáfono intenta atraer a la gente, que se muestra divertida con su mensaje. Clama:- ¡Firmo libros! ¡El mío u otro! ¡Cualquiera! ¡Cortázar, Saramago, el que usted lleve!-, baja el megáfono y pregunta a los que pasan:- ¿Les firmo algo? ¿Querés que te firme el plano de la Feria?-. Te reís y te alejás golpeando tu hombro con los de los demás visitantes. Mirás hacia arriba y ves las señalizaciones. Todas tienen el mensaje que la Feria adoptó este año: El Espacio del Lector. Bajás la cabeza y ves a un hombre en silla de ruedas que no puede ingresar a un stand porque los pasillos no son lo suficientemente anchos. “El espacio es para unos pocos lectores”, pensás, y seguís tu viaje.

Ahora estás en el stand de El Ateneo. Hojeás uno que otro libro y ves al vendedor al borde del infarto. Es que un muchacho le pasa un vaso casi rebasado de Coca-Cola a su novia por encima de cientos de libros ubicados en una mesa. “Perdón, no me di cuenta”, se disculpa el muchacho y, el vendedor, al ver que el traspaso no trajo el desastre, se serena.

Te dirigís al centro de informes del Grupo Clarín para preguntar sobre el lugar donde expondrá el reconocido autor norteamericano Tom Wolfe. La mujer te está contestando cuando un joven que ronda los 20 años la interrumpe: “Disculpame, ¿Tenés algún plano de la Feria?”. La mujer le responde negativamente y le aconseja que pida en el centro de informes correspondiente a la Feria. “Ya fui, pero se les acabaron”. Tu plano ahora es un tesoro. El muchacho se va, la mujer termina de explicarte y te dirigís al lugar indicado: la Sala Jorge Luis Borges.

En las afueras de la sala, en un pequeño mostrador te ofrecen –gratuitamente- los auriculares por los que saldrá la traducción de la ponencia del escritor. A cambio te piden dejar tu documento de identidad. Lo dejás y entrás.

La ponencia es larga y un tanto cansadora. Salís fastidiado y vas a devolver el equipo y a recuperar tu documento. Tarea difícil. La inmensa muchedumbre se propuso lo mismo y se abalanza sobre los cuatro empleados que no dan abasto. No te podés mover, pero la masa te mueve. Entre apretujones de carteras de Luis Vuitton y golpes de mochilas de feria, recuperás tu documento y te alejás a toda velocidad. Ya querés irte.

Te dirigís a la salida haciendo un panorama de tu estado: muchos folletos, ningún libro y bastantes pisotones y abolladuras. Mejor irse, ya está todo visto. Salís por la puerta principal y, esquivando a los vendedores que poblan la entrada de la Rural, volás hacia la parada del colectivo.

10 de abril de 2008

"Borges y los piqueteros", por Mario Vargas Llosa


Me pareció más que interesante esta nota de opinión escrita por el escritor peruano Mario Vargas Llosa. En ella leo lo que pasó, lo que pudimos ser, lo que fuimos, en lo que vivimos. La realidad que nos tocó, como resultado del pasado que libramos.

Espero que al leerla encuentren, por lo menos, un relato bien construido y un juego bien jugado: ir al pasado, traerlo, y compararlo con el presente.


"Borges y los piqueteros", por Mario Vargas Llosa.

La biblioteca "Miguel Cané", en el barrio bonaerense de Boedo, es un modesto local de techos altos y viejos anaqueles y pupitres de lectura, que se ha convertido en un sitio de peregrinación cultural para todo visitante más o menos alfabeto que llega a Buenos Aires. Porque aquí trabajó Jorge Luis Borges nueve años, de 1937 a 1946, como humilde auxiliar de bibliotecario, registrando y clasificando libros en un estrecho cuartito sin ventanas del segundo piso, donde ahora se exhiben, en una vitrina, las primeras ediciones de algunos de sus libros.

No hace mucho pasó por aquí el escritor inglés Julian Barnes y dejó estampada su admiración por el autor de Ficciones. Siento de pronto emoción imaginando aquellos años oscuros de ese auxiliar de biblioteca que, según la leyenda, en la hora de tranvía que le tomaba ir y venir de su casa a su trabajo, se enseñó a sí mismo el italiano, y leyó y poco menos que memorizó La Divina Comedia, de Dante. Además, claro, de darse tiempo para escribir los cuentos de su primera obra maestra, Ficciones (1944).
Borges es una las cosas más notables que le ha pasado a la Argentina, a la lengua española, a la literatura, en el siglo veinte. Y es seguro que esa particular forma de genialidad que fue la suya -por lo excéntrico de sus curiosidades, su oceánica cultura literaria, lo universal de su visión y la lucidez de su prosa- hubiera sido imposible sin el entorno social y cultural de Buenos Aires, probablemente la ciudad más literaria del mundo, junto con París. Ambas capitales tienen encima, como segunda piel, una envoltura literaria de mitos, leyendas, fantasías, anécdotas, imágenes, que remiten a cuentos, poemas, novelas y autores y dan una dimensión entre fantástica y libresca a todo lo que contienen: cosas, casas, barrios, calles y personas.
Mucho de aquella Argentina de lectores voraces y universales, de cosmopolitas frenéticos y políglotas desmesurados, está todavía presente en la desfalleciente Buenos Aires a la que vuelvo luego de algunos años: en sus espléndidas librerías de Florida y Corrientes abiertas hasta altas horas de la noche, en sus cafés literarios donde se cocinaron grandes polémicas estéticas y políticas, y cuajaron esas revistas culturales que circulaban por toda América Latina como ventanas que nos descubrían a los latinoamericanos todo lo importante que en materia artística y literaria ocurría en el resto del mundo. Las paredes del Café Margot están llenas de inscripciones, fotos y recuerdos de los ilustres escribidores, músicos y pintores que se sentaron, bebieron y discutieron hasta altas horas en estas mesitas frágiles y apretadas donde, con un grupo de amigos, recordamos algunas glorias extintas: Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, José Bianco. En un rincón del célebre Café Tortoni hay una mesa con un Borges de tamaño natural, hecho de papier-maché.
Pero es sobre todo en ciertas personas donde aquella tradición civil e intelectual está aún viva y coleando: después de muchos años tengo la alegría de ver al ensayista y filósofo Juan José Sebreli y unos pocos minutos de conversación me bastan para comprobar, de nuevo, la solidez y vastedad de su información filosófica, la desenvoltura con que se mueve por los mundos de la historia, las ideas políticas y la literatura. Como muchos argentinos que he conocido, me da la impresión de haber leído todos los libros.
Borges fue destituido de su empleo en la biblioteca "Miguel Cané" por el gobierno de Perón, en 1946, y degradado, por su anti-peronismo, a la condición de inspector municipal de aves y gallineros. El hecho es todo un símbolo del proceso de barbarización política que latinoamericanizaría a Argentina y revelaría a los argentinos al cabo de los años que, en verdad, no eran lo que muchos de ellos creían ser -ciudadanos de un país europeo, culto, civilizado y democrático, enclavado por accidente en Sudamérica- sino, ay, nada más que otra nación del tercer mundo subdesarrollado e incivil.
La involución del país más próspero y mejor educado de América Latina -una de las primeras sociedades en el mundo que gracias a un admirable sistema educativo derrotó al analfabetismo- a su condición actual, es una historia que está por escribirse. Cuando alguien la escriba, lo que saldrá a la luz tendrá la apariencia de una ficción borgiana: una nación entera que, poco a poco, renuncia a todo lo que hizo de ella un país del primer mundo -la democracia, la economía de mercado, su integración al resto del globo, las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos- para, obnubilada por el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el delirio mesiánico, empobrecerse, dividirse, ensangrentarse, provincianizarse, y, en resumidas cuentas, pasar de Jorge Luis Borges a los piqueteros.
Son emblema de la otra Argentina, la que rechazó el camino de la civilización y optó resueltamente por la barbarie. En sus orígenes eran, al parecer, desempleados y marginales que salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma, que daba la espalda a los más necesitados. Ahora, más bien, son las fuerzas de choque del poder político. Antenoche han salido con sus bombos y sus garrotes a enfrentarse a los simpatizantes de los agricultores que protestan en la Plaza de Mayo por los nuevos impuestos decretados por el gobierno de Cristina Kirchner para los productos agrícolas. Y, en efecto, los dispersan a palazos y a patadas, en nombre de la revolución.
¿Cuál revolución? La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D'Elía, afirmando que la culpa de esta movilización de agricultores contra el gobierno la tienen "los blancos". Añade que él "odia" a los blancos del Barrio Norte y quisiera "acabar" con todos ellos. Pregunto a mis amigos argentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de "blancos". Porque, por donde yo miro, en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piquetero con 40 millones de sus compatriotas? No veo argentinos negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos, salvo turistas o inmigrantes: ¿únicamente a ellos está dispuesto D'Elías a salvar de sus fantasías homicidas y racistas?
Unos días más tarde, tengo ocasión de inspeccionar muy de cerca a un par de centenares de piqueteros que emboscan el autobús que me lleva, de la Bolsa de Rosario al local del Instituto Libertad, que cumple 20 años, un aniversario que un buen número de liberales del mundo entero hemos venido a celebrar. Como quedamos inmovilizados por la joven hueste de don Luis D'Elías -o tal vez alguna peor, pues ésta es sólo ultra, y en la Argentina hay ultra-ultra y más- entre 10 y 15 minutos en la Plaza de la Cooperación, mientras ellos, imbuidos de la filosofía de aquel mentor, destrozan los cristales del autobús y lo abollan a palazos y pedradas y lo maculan con baldazos de pintura, tengo tiempo de estudiar de cerca las caras furibundas de nuestros atacantes. Son todos blanquísimos a más no poder. Mis compañeros y yo guardamos la compostura debida, pero no puedo dejar de preguntarme qué ocurrirá si, antes de que vengan a rescatarnos, los aguerridos piqueteros que nos apedrean lanzan adentro del ómnibus un cóctel molotov o consiguen abrir la puerta que ahora sacuden a su gusto. ¿Celebraré mis 72 años -porque hoy es mi cumpleaños- tratando de oponer mis flacas fuerzas a la apabullante furia de esta horda de salvajes? Cuando pasa todo aquello, la joven periodista ecuatoriana Gabriela Calderón -es tan menuda que consiguió encogerse debajo del asiento como una contorsionista- me pregunta muy en serio si estas cosas me ocurren en todas las ciudades que visito. Le respondo que no, que esto sólo me ha ocurrido en la queridísima ciudad de Rosario.
Lo es para mí, por los buenos recuerdos que guardo de ella, y porque es la tierra de mi amigo Gerardo Bongiovanni y de Mario Borgonovo, un publicista que, cuando se lanza a cantar tangos, hasta los ángeles del cielo bajan y los diablos del infierno suben a escucharlo. Gerardo fundó, con cuatro amigos, en 1988, la Fundación Libertad, para promover las ideas liberales en su país. 20 años después, el Instituto es un foco de pensamiento, de debates, de publicaciones, de seminarios y conferencias que entablan una batalla diaria por la modernidad, la tolerancia, el progreso, la democracia y la prosperidad contra quienes se empeñan en seguir retrocediendo a la Argentina hacia lo que Popper llamaba "la cultura de la tribu". Durante los diálogos, mesas redondas y exposiciones de estos días, como en la mañana emocionante de mi visita a la biblioteca "Miguel Cané", de Boedo, me digo, esperanzado, que no todo está perdido, que todavía el fantasma de Borges podría despertar a la Argentina de la pesadilla de los piqueteros.


© Mario Vargas Llosa, 2008. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL. 2008.

9 de abril de 2008

El pedido de Nicoláz


En su viaje a Francia, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se reunió con el presidente de dicho país, Nicolás Zarkosy, quien en una reunión apartada le pidió que: contenga a Chávez.

¿Cuáles serían las razones de Zarkosy para pedirle esto a la presidenta?

  • La primera puede ser que éste tema a que las mediaciones que realiza Hugo Chávez por la liberación de los rehenes de las FARC, complique las negociaciones del estado francés y de Colombia por la liberación de Ingrid Betancourt.

  • Ve en Chávez una falta de equilibrio político. Así como un día brinda por la paz de los pueblos, al siguiente teatraliza el envío de 10 batallones a la frontera. Posiblemente, Chávez es el show de humorístico, desde Sudamerica al mundo.

¿Qué hará Cristina Fernández de Kirchner? ¿Se distanciará paulatinamente del presidente venezolano o seguirá a su lado, considerándolo un aliado?


Habrá que ver...



4 de abril de 2008

El Fantasma de Ingrid Betancourt



Ingrid Betancourt quiso ser presidenta de su país, pero terminó siendo prisionera de las FARC durante 7 años ¿Qué pasó en ese tiempo con ella? Basta mirar la foto para ver lo que quedó de aquella joven y prometedora mujer, que simplemente cometió el atrevimiento de postularse democráticamente a elecciones libres y populares ¡Qué atrevida!
¿Qué quedó de ella? Un fantasma. El fantasma de Ingrid Betancourt. Solo. En el medio de la selva, condenado a mirar la misma oscuridad, sentir frío, a vivir con miedo, humedad, sucia, muerta en vida. Eso es. Está muerta, pero vive ¿Pero cómo puede ser? ¿Por qué no se la deja morir? La ex candidata es el AS de espadas de las FARC, comandadas por Marulanda "Tiro Fijo". Ella es la carta a cambiar, el tesoro más preciado que alguna vez pudieron imaginar los guerrilleros.
Su hijo, incansable, busca ayuda en el Gobierno Francés (debido a la doble nacionalidad de su madre), pero los esfuerzos son casi en vano, nadie puede hacer más que prometer una mano.
¿Estaría mal que el ejército colombiano entrara a la selva e intentara rescatar a Ingrid Betancourt, aun si así se pierde la vida de ella, la de algún soldado, o la de algún otro rehén?

¿Qué sería lo correcto? ... ¿Qué?