contadores web relojes pagina web

31 de julio de 2008

¿Por qué estudio periodismo?

Porque quiero escribir para un diario. Lo que me paguen lo voy a ir ahorrando y cuando tenga lo suficiente me voy a comprar una guitarra eléctrica, un pedal de distorsión y un amplificador. Voy a renunciar al diario y a formar una banda de rock. Vamos a tocar en bares y en clubes para hacernos lo más conocidos posible. Una vez que tengamos suficiente reconocimiento y experiencia arriba del escenario, y luego de grabar nuestro primer disco y llegar a convertirlo en disco de oro, nos vamos a embarcar en una gira por los Estados Unidos. En un pequeño pueblo cerca de Texas disolveremos el grupo y prometeremos reunirnos en diez años. Para volver venderé la guitarra. De regreso, en una escala en México, conoceré a un muchacho simpático y emprendedor, quien me ofrecerá participar en un negocio de indumentaria. Venderemos solamente remeras con dibujos psicodélicos hechos por nosotros. Diseñadores de todo el mundo nos felicitarán por la iniciativa y seremos copiados por todos ellos. En un viaje a Japón para introducir la marca al mercado asiático, un funcionario del gobierno nos pedirá que demos una clase sobre liderazgo en una universidad del sur. Allí me encontraré con una compañía de circo que saldrá de gira por Europa. Luego de unirme a ellos como presentador, iremos a recorrer las ciudades más perdidas del viejo continente. En Suecia, Portugal y Luxemburgo nos aplaudirán, pero en París encontraremos el fracaso y tendremos que separarnos. Dos de los treinta ex miembros de la compañía me invitarán a compartir un pequeño departamento en Toulouse. Trabajaré vendiendo libros en una feria de artesanos y ellos harán viejos trucos en un paseo céntrico. En los ratos libres escribiré cuentos y fragmentos de lo que será mi novela. Un martes por la tarde, una clienta argentina me coqueteará y me alejará de Francia para regresar a Sudamérica. Ya de regreso, terminaré de escribir mi novela y, tras varios intentos fallidos, lograré que la publiquen. Para mi sorpresa, la crítica la aceptará con los brazos abiertos. Me llamarán de un diario para hacerme una nota. Y a cambio les diré que quiero escribir para ellos.

30 de julio de 2008

La Selva del Libro

Llegaste a la Feria del Libro y, tras una breve recorrida, te llevaste por delante una curiosidad tras otra. Libros ausentes, visitantes torpes y un autor alocado pudiste encontrar con sólo afilar la vista.

Caminaste entre los pasillos atestados de gente y te encontraste con el stand de la librería El Aleph. Decidiste entrar y preguntar sobre los precios de los libros de Borges, pero para tu sorpresa no tenían ni uno. “¿El Aleph querés? No, de eso no tenemos nada”, te respondió el vendedor. Asombrado, seguiste tu paseo entre la muchedumbre y entraste en el stand de la editorial Dunken, que presumía con cinco estanterías dedicadas a la poesía. Te acercaste nuevamente al mostrador y le preguntaste al empleado: “¿Qué tenés de Neruda?”. Ensimismado, te miró, dudó y contestó: “Nada, a ver… nada”.

Seguiste caminando, giraste a la izquierda. No, por ahí ya fuiste. Volviste hacia atrás y te topaste con el imponente y azul stand de Editorial Planeta. Allí, Gonzalo Otálora, un muchacho de 31 años, con anteojos, remera de los Rolling Stone, rasgos extraños y autor de ¡FEO!, firma su obra –si es que alguien la lleva-, o la de otros autores. Con un megáfono intenta atraer a la gente, que se muestra divertida con su mensaje. Clama:- ¡Firmo libros! ¡El mío u otro! ¡Cualquiera! ¡Cortázar, Saramago, el que usted lleve!-, baja el megáfono y pregunta a los que pasan:- ¿Les firmo algo? ¿Querés que te firme el plano de la Feria?-. Te reís y te alejás golpeando tu hombro con los de los demás visitantes. Mirás hacia arriba y ves las señalizaciones. Todas tienen el mensaje que la Feria adoptó este año: El Espacio del Lector. Bajás la cabeza y ves a un hombre en silla de ruedas que no puede ingresar a un stand porque los pasillos no son lo suficientemente anchos. “El espacio es para unos pocos lectores”, pensás, y seguís tu viaje.

Ahora estás en el stand de El Ateneo. Hojeás uno que otro libro y ves al vendedor al borde del infarto. Es que un muchacho le pasa un vaso casi rebasado de Coca-Cola a su novia por encima de cientos de libros ubicados en una mesa. “Perdón, no me di cuenta”, se disculpa el muchacho y, el vendedor, al ver que el traspaso no trajo el desastre, se serena.

Te dirigís al centro de informes del Grupo Clarín para preguntar sobre el lugar donde expondrá el reconocido autor norteamericano Tom Wolfe. La mujer te está contestando cuando un joven que ronda los 20 años la interrumpe: “Disculpame, ¿Tenés algún plano de la Feria?”. La mujer le responde negativamente y le aconseja que pida en el centro de informes correspondiente a la Feria. “Ya fui, pero se les acabaron”. Tu plano ahora es un tesoro. El muchacho se va, la mujer termina de explicarte y te dirigís al lugar indicado: la Sala Jorge Luis Borges.

En las afueras de la sala, en un pequeño mostrador te ofrecen –gratuitamente- los auriculares por los que saldrá la traducción de la ponencia del escritor. A cambio te piden dejar tu documento de identidad. Lo dejás y entrás.

La ponencia es larga y un tanto cansadora. Salís fastidiado y vas a devolver el equipo y a recuperar tu documento. Tarea difícil. La inmensa muchedumbre se propuso lo mismo y se abalanza sobre los cuatro empleados que no dan abasto. No te podés mover, pero la masa te mueve. Entre apretujones de carteras de Luis Vuitton y golpes de mochilas de feria, recuperás tu documento y te alejás a toda velocidad. Ya querés irte.

Te dirigís a la salida haciendo un panorama de tu estado: muchos folletos, ningún libro y bastantes pisotones y abolladuras. Mejor irse, ya está todo visto. Salís por la puerta principal y, esquivando a los vendedores que poblan la entrada de la Rural, volás hacia la parada del colectivo.