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30 de julio de 2008

La Selva del Libro

Llegaste a la Feria del Libro y, tras una breve recorrida, te llevaste por delante una curiosidad tras otra. Libros ausentes, visitantes torpes y un autor alocado pudiste encontrar con sólo afilar la vista.

Caminaste entre los pasillos atestados de gente y te encontraste con el stand de la librería El Aleph. Decidiste entrar y preguntar sobre los precios de los libros de Borges, pero para tu sorpresa no tenían ni uno. “¿El Aleph querés? No, de eso no tenemos nada”, te respondió el vendedor. Asombrado, seguiste tu paseo entre la muchedumbre y entraste en el stand de la editorial Dunken, que presumía con cinco estanterías dedicadas a la poesía. Te acercaste nuevamente al mostrador y le preguntaste al empleado: “¿Qué tenés de Neruda?”. Ensimismado, te miró, dudó y contestó: “Nada, a ver… nada”.

Seguiste caminando, giraste a la izquierda. No, por ahí ya fuiste. Volviste hacia atrás y te topaste con el imponente y azul stand de Editorial Planeta. Allí, Gonzalo Otálora, un muchacho de 31 años, con anteojos, remera de los Rolling Stone, rasgos extraños y autor de ¡FEO!, firma su obra –si es que alguien la lleva-, o la de otros autores. Con un megáfono intenta atraer a la gente, que se muestra divertida con su mensaje. Clama:- ¡Firmo libros! ¡El mío u otro! ¡Cualquiera! ¡Cortázar, Saramago, el que usted lleve!-, baja el megáfono y pregunta a los que pasan:- ¿Les firmo algo? ¿Querés que te firme el plano de la Feria?-. Te reís y te alejás golpeando tu hombro con los de los demás visitantes. Mirás hacia arriba y ves las señalizaciones. Todas tienen el mensaje que la Feria adoptó este año: El Espacio del Lector. Bajás la cabeza y ves a un hombre en silla de ruedas que no puede ingresar a un stand porque los pasillos no son lo suficientemente anchos. “El espacio es para unos pocos lectores”, pensás, y seguís tu viaje.

Ahora estás en el stand de El Ateneo. Hojeás uno que otro libro y ves al vendedor al borde del infarto. Es que un muchacho le pasa un vaso casi rebasado de Coca-Cola a su novia por encima de cientos de libros ubicados en una mesa. “Perdón, no me di cuenta”, se disculpa el muchacho y, el vendedor, al ver que el traspaso no trajo el desastre, se serena.

Te dirigís al centro de informes del Grupo Clarín para preguntar sobre el lugar donde expondrá el reconocido autor norteamericano Tom Wolfe. La mujer te está contestando cuando un joven que ronda los 20 años la interrumpe: “Disculpame, ¿Tenés algún plano de la Feria?”. La mujer le responde negativamente y le aconseja que pida en el centro de informes correspondiente a la Feria. “Ya fui, pero se les acabaron”. Tu plano ahora es un tesoro. El muchacho se va, la mujer termina de explicarte y te dirigís al lugar indicado: la Sala Jorge Luis Borges.

En las afueras de la sala, en un pequeño mostrador te ofrecen –gratuitamente- los auriculares por los que saldrá la traducción de la ponencia del escritor. A cambio te piden dejar tu documento de identidad. Lo dejás y entrás.

La ponencia es larga y un tanto cansadora. Salís fastidiado y vas a devolver el equipo y a recuperar tu documento. Tarea difícil. La inmensa muchedumbre se propuso lo mismo y se abalanza sobre los cuatro empleados que no dan abasto. No te podés mover, pero la masa te mueve. Entre apretujones de carteras de Luis Vuitton y golpes de mochilas de feria, recuperás tu documento y te alejás a toda velocidad. Ya querés irte.

Te dirigís a la salida haciendo un panorama de tu estado: muchos folletos, ningún libro y bastantes pisotones y abolladuras. Mejor irse, ya está todo visto. Salís por la puerta principal y, esquivando a los vendedores que poblan la entrada de la Rural, volás hacia la parada del colectivo.

1 comentario:

Agustina Girón dijo...

Conduccion!: ¿Cómo va?
Chee, nunca había leído esta nota! Esta muy buena, en serio me gusto muchisimo!
Nos estamos viendoo, un abrazo!
Agus