Un clásico es aquella obra que todo el mundo lee, comenta y señala como imprescindible. Es un texto que si uno no lee va a ser puesto en advertencia con frases como: “¿Cómo que no lo leíste?” o “No podés no haberlo leído”.
Quiero ser un poco más claro sobre este tema. Un clásico es aquella obra que Hollywood lleva al cine, la hace interpretar por Robert De Niro y gana doce Óscar; que TNT repite el viernes, sábado y domingo; y que Telefé pasa los días que le quiere ganar en el rating a canal 13.
Los clásicos, una vez que lo son, cuentan con la gran ventaja de convertir su título o el nombre de su autor en sinónimo de cultura. Si yo dijera en una reunión que leí a Dostoievsky, todos me mirarían y tildarían de culto. Pero nadie me preguntaría ni por la trama ni por los personajes. Quizás por el título. Pero sólo con escuchar al autor se sorprenderían y, claro, no admitirían si lo leyeron, porque no se animan a emitir un juicio sobre un autor tan escuchado. Y, en caso de no haberlo leído, no dirían nada para no tener que escuchar frases como: “¿Cómo que no lo leíste?”.
Hay clásicos que cuando unos los lee se pregunta: “¿Por qué es un clásico? Si la trama es aburrida, no entiendo el lenguaje, es denso y, encima, tiene quinientas páginas”.
Por lo tanto, no hay que sentirse mal cuando se descubre que falta leer un “clásico”. Ya que hacerlo puede significar perder tiempo de leer algo que nos interese, más allá de ser un clásico o no.
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